La Iglesia
primitiva acostumbraba a celebrar el aniversario de la muerte de un mártir en
el lugar del martirio. Frecuentemente, los grupos de mártires morían el mismo
día, lo cual condujo naturalmente a una celebración común. En la persecución de
Diocleciano, el número de mártires llegó a ser tan grande, que no se podía
separar un día para asignársela. Pero la Iglesia, creyendo que cada mártir
debía ser venerado, señaló un día en común para todos. La primera muestra de
ello se remonta a Antioquía en el domingo antes de Pentecostés.
También se
menciona este día en común en un sermón de san Efrén el Sirio en 373. En un
principio, solo los mártires y san Juan Bautista eran honrados por un día
especial. Otros santos se fueron asignando gradualmente, y se incrementó cuando
el proceso regular de canonización fue establecido; aún, a principios de 411
había en el calendario caldeo de los cristianos orientales una «Commemoratio
Confessorum» para el viernes. En la Iglesia de Occidente, el papa Bonifacio IV,
entre el 609 y 610, consagró el Panteón de Roma a la Santísima Virgen y a todos
los mártires, dándole un aniversario.
Gregorio III
(731-741) consagró una capilla en la Basílica de San Pedro a todos los santos y
fijó el aniversario para el 1 de noviembre. Gregorio IV extendió la celebración
del 1 de noviembre a toda la Iglesia, a mediados del siglo IX.
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